Colectivo Detroit: Writer Igniter

Finalmente he tomado la decisión.

A su lado estaba sentado un señor enfrascado en la lectura de algo que sostenía entre sus manos: parecía un folleto, aunque mucho más grueso. Y más que un señor, era un joven vestido con ropa que parecía de abuelo, por lo que Fante podía juzgar comparándolo con otros viajeros.

Todo le desconcertaba.

Debía de ser una lectura muy interesante, pensó Fante, ya que desde el momento en que subió al avión, su compañero no cambió de posición.

Era fascinante cómo un objeto, aparentemente pequeño, podía transportarte a un mundo totalmente ajeno. Entonces supo qué debía ser.

¿Es un libro triste o alegre?

Silencio.

A mí me gustan los finales felices. Insistió Fante por tercera vez. Aún no había recibido respuesta de su imperturbable acompañante.

Aunque un buen susto final, también está bien.

Fante era capaz de decir cualquier cosa para recibir algunas palabras. Estaba demasiado acostumbrado a recibir atención. La gente le pagaba para verle.

Hoy, el resultado estaba siendo inútil.

Pero eso no le importaba: estaba demasiado nervioso por la cantidad de experiencias nuevas que podía concentrar un solo segundo.

Como por ejemplo, ahora.

Volar. Avión. Huir. Aire acondicionado. Sillines estrechos. Turbulencias. Personas.

Las turbulencias eran lo peor.

Tengo un poco de miedo, sinceramente. Se excusó al ver que todo su vello corporal se erizaba.

Fante respiró hondamente. Al exhalar, emitió un pitido estridente. Algunos pasajeros se dieron la vuelta, pero sin observar debidamente. Como un gesto mecánico de queja. Nadie habló.

Sin embargo, ese pitido no distrajo a su interlocutor.

Hacía tiempo que quería irme de casa. Bueno, no es exactamente mi casa. Nunca la he sentido como mía, ¿entiendes? Quizás porque no he conocido a mis padres. La cuestión es, que ahora por fin lo he logrado. He conseguido el paso más importante de todos: empezar. Pensaba que el miedo se iría antes de irme pero… aquí sigue.

Al final de su monólogo, el avión cogió más fuerza en la agitación de las turbulencias, lo que hizo que Fante se agarrara fuerte al sillón y pegara su ojo izquierdo a la ventanilla que tenía a su lado. Veía, de lejos, su isla. Aquella isla que tanto había odiado, de la cual quería escapar desde lo que su memoria es capaz de recordar.

Aquella isla aparentemente salvaje, pero que trataba mal a sus compañeros.

Quizás hizo mal en escapar. Giró a la derecha y vió a su acompañante, que seguía abstraído dentro de su libro.

Una lágrima le bajó por la mejilla y pasó a su nariz. Pasarían minutos hasta que esa lágrima tocase el suelo. Llegará a secarse antes.

Fante intentó recorrer de memoria, cada camino de la isla, cada árbol y planta. Sin embargo, ésta se desvanecía. Cada vez la hacía menos presente. Quiso dibujar todo lo que tuviese tiempo de recordar, antes de que el avión aterrizase. No lo consiguió.

Fante hizo una lista de cosas que querría dejar si el avión estallara, o cayese al mar, o saliera desintegrado por el espacio, encontrando vida en esa gran pelota que ve por las noches, quizás.

Estoy escribiendo mi testamento.

Su interlocutor quizás no hablaba su idioma. Era demasiado tarde para pensar en eso, pensó Fante. No cambiaría a no ser que él mostrase un poco de respeto y educación hacia él.

Quiero dejar mi memoria a mis padres, que puedan ver lo que yo he visto con mis ojos. Quiero dejar mi antigua jaula a la única mujer a la que amé, para que pueda enjaular a otra persona cuando ella escape de esta isla como yo he hecho, porque sé que lo hará. No se acordará que yo lo hice antes porque su memoria no lo va a permitir. Quiero que todas mis posesiones materiales, no se las quede nadie en particular. Que sean de todos. El primero que se las encuentre, es libre de cogerlas, destruirlas o ignorarlas. Todo lo que me quería llevar, lo llevé conmigo. Sin embargo, parece estar desapareciendo cada vez que este avión se agita en direcciones opuestas, luchando para tocar el cielo y el mar.

El avión pareció escuchar sus palabras. Se agitó tanto, que un sonido estridente retronó por todo el pasillo, llegando incluso a la cabina del piloto.

Ese sonido escapó de la trompa de Fante, sin que él lo pudiera retener a tiempo. Todos los pasajeros lanzaron un grito de miedo y el interlocutor hasta ahora mudo, hasta ahora enfrascado, congeló la expresión, clavando sus ojos por primera vez en los del animal asustado.

Fante por primera vez sintió que en este mundo al que había huido quizás nadie le podría comprender. Quiso regresar a su isla salvaje, lejos de esta locura de enjaularse para desplazarse.

***

El reto de esta semana no lo proponen las organizadoras de Colectivo Detroit: Jen y Adri. Lo dejan todo en manos de las máquinas, con casi el total convencimiento de que hay labores que solo las mentes humanas son capaces de realizar. Haz clic en su nombre para leer las instrucciones completas.

Haz clic aquí y dale en shuffle. La web te proporcionará un personaje, una situación, un elemento de utillaje, y un “escenario”. Escribe un relato breve sobre eso. En mi caso, salió esto:

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