Colectivo Detroit: Personificación

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El artista del relato toca una guitarra en lugar de un contrabando contrabajo.

Él decidió ser artista y por eso hoy me ha dejado en el suelo.

Él no era así. Hay un antes y un después y recuerdo que hace dos otoños empezó la etapa del después. Lo sé porque es el único mes que me solía sacar de casa.

Octubre. Hace dos octubres me quedé encerrada y no entendía por qué.

Él antes me gustaba más porque era cuidadoso. Me permitía mis caprichos, como el de salir a pasear. Cuando salíamos juntos, me llevaba por encima de los demás. Me concedía el deseo de ver las coronillas ajenas y de cómo nos observaban, levantando ligeramente el mentón.

Ocasionalmente, me tiraban cumplidos. No todos. Pero podía leer en sus ojos que todos me dedicaban alguna que otra mirada. De deseo. De envidia. Las de disgusto las ignoraba.

Tenía el mundo a mis pies, donde Él me sostenía desde lo más alto de su cabeza.

Hasta que Él decidió comportarse como un artista.

Mierda.

Cantaba. Y dejó de ganar dinero.

Le escuchaba encerrada en el armario cómo cantaba algunas canciones con su guitarra.

Las letras eran bonitas. Pero desafinaba.

Yo no sabía cómo decírselo. No quería involucrarme en nada de eso. Había dejado de pasearme. Ni tan sólo sé si alguna vez llegó a escuchar mi opinión.

Y ahora estaba fuera, con él, en la calle. Pero del revés: la parte que debería estar tocando el suelo, apuntaba al cielo.

Hoy he sido feliz por un instante, cuando por primera vez tras dos años sin explicaciones, me ha sacado de casa. Ha vuelto a llevarme desde todo lo alto de su cabeza. Me he emocionado un poco, por los viejos tiempos.

Pero el entusiasmo me ha durado poco, cuando me ha agarrado por una de mis curvas y me ha dejado en el suelo. Del revés. Me he sentido indefensa porque no he podido ver el mundo tal y como es.

Luego empeoró, cuando percibí un dolor.

Un disparo. Una bala en mi interior. Él, en lugar de protegerme, o defenderme, siguió cantando.

Otro disparo. Esta vez se divide en dos. Es una sensación similar, de metal. Dos balas por un solo disparo.

El tiempo se expande y se hace más pesado cuando estoy escuchando una canción estridente e interminable.

Intento distraerme con otras cosas, para olvidar el dolor espontáneo que siento cuando me disparan. No entiendo por qué me disparan a mí: si no les gusta su música, que le disparen a él.

Llegué a la conclusión de que los humanos son muy raros.

Observando mi entorno, veo de lejos la cabeza de una chica que se acerca. La tiene agachada y parece que está observando algo que lleva en las manos. Lleva un objeto cuadrado. Creo que es un libro. Pasa una página y eso me confirma la sospecha.

Debe ser interesante porque está completamente distraída. Y viene hacia aquí.

La gente la esquiva mientras avanza en paso firme.

Pierdo de vista su cabeza y creo que ahora sólo veo sus pies. Creo que son los suyos, por el modo en como anda.

Él sigue tocando, y es el único sonido que me envuelve hasta que siento un golpe fuerte. Seguidamente, ese golpe libera todas las balas de mi interior. Y ahora que las veo, los disparos eran monedas.

Resbalan de mi interior y se pierden calle abajo. Él interrumpe la música de la guitarra, pero ningún sonido sale de su boca.

Y lo aprovecho. Me escapo. Salgo rodando tras ella, porque quiero ponerme en su cabeza. Quiero ser el sombrero de alguien que ha leído mucho y que destruye todos los obstáculos que encuentre a su paso.

***

Este es un ejercicio del Colectivo Detroit creado por Jen y Adri. Cada martes publican un nuevo ejercicio de escritura. Si quieres leer las instrucciones para escribir el tuyo, pincha aquí. Para el de esta semana he personificado un sombrero redondo que su dueño lo utiliza para un propósito distinto.

Pd. La chica leyendo por la calle me la imagino así.