Por qué nos arrepentimos de tomar decisiones

porque nos arrepentimos de las decisiones que tomamos

Esta es la conversación que he tenido hace pocos días con mi hermana.

Acaba de graduarse en medicina. Ha pasado uno de los procesos selectivos más duros para escoger especialidad: el MIR. Sus deseos estaban enfocados en hacer Traumatología. A medida que avanzaba la lista para escoger plaza, sus nervios aumentaban. Tenía su lista hecha y rehecha de hace días. Qué digo días. El año entero. En el último momento, cuando se agotan algunas de las plazas, decide elegir cirugía torácica.

Contenta de emoción celebró el día y todo parecía normal hasta que ha empezado a trabajar como tal. Y sus dudas y preguntas han aumentado. No se me ocurre nada mejor que decirle que la entiendo. Será que no me he arrepentido veces yo de mis decisiones. Pero eso no satisface a nadie.

Me alegro que me confiese su preocupación, sus dudas y sus temores. Porque mis padres al escucharla se lo toman como algo personal: sienten que la culpa ha sido suya y que ya no ganan por disgustos.

“No lo des más vueltas una vez tomes la decisión.”

Es difícil. Queramos o no, seguimos divagando. Pensamos en el pasado. Muchas veces confundimos esta época con leves signos de depresión. Y no padecemos depresión sino melancolía: nos anclamos en el pasado, impidiéndonos tomar decisiones presentes.

Cuando nos graduamos en la universidad, y en la vida, empezamos a ver que nuestras decisiones tienen consecuencias.

¿Cómo podemos anticipar que nos arrepentiremos de nuestras decisiones?

1. Involucramos a los demás en nuestra toma de decisiones.

No entiendo por qué no podemos sincerarnos por nuestros deseos y preocupaciones. Esto es lo que nos impide ser sinceros con nosotros mismos. Y en consecuencia, nos impide ser sinceros con la pareja, los amigos y también, en el trabajo.

Algunos gerentes confiesan que pierden talento por falta de comunicación con sus trabajadores. En lugar de comunicar sus preferencias (cambio de horarios, mejor compatibilidad con la vida personal), cambian de trabajo. Y los gerentes lamentan la pérdida de talento: con un diálogo abierto hubieran sido capaces de ofrecer lo que querían sus empleados.

¿Qué nos ha pasado que no comunicamos? No luchamos por lo que queremos. Porque nos da vergüenza admitir que no estamos cómodos con lo que tenemos. Y opinar es quejarse y opinar es de mala educación. Y complacemos a los demás en lugar de a nosotros mismos. 

2. Nuestra decisión implica actuar y no pensamos en qué es lo correcto. 

El último post que escribí fue el de por qué nos da asco el autoconocimiento: hay un punto en que chocamos contra una pared indagando tanto en nuestro interior. Nos podemos perder tratando de encontrar una respuesta. No podemos buscarnos eternamente sin actuar. Porque nos podemos perder en esa búsqueda sin un rumbo ni motivación.

Pensamos que las oportunidades no se terminan y que si no tomamos decisiones, todas las puertas se mantienen abiertas. Nos decimos que hasta que no tomemos la decisión de qué hacer con nuestras vidas, es mejor que no tomemos ninguna decisión.

Pero todo lo contrario: si mantienes tus opciones abiertas, luego tendrás tanto de donde escoger que no vas a tomar ninguna decisión. Por eso en el supermercado americano es imposible que decidas qué cereales vas a comprar, porque hay 60 variedades. Si sólo tienes 4, puedes escoger. Incluso te sobra tiempo para decidir qué tipo de leche quieres: alpiste o de coco.

3. Tenemos aversión a cometer errores

Cometiendo errores aprendemos más que cuando pensamos que tomamos la decisión correcta. Ser pesimista no es malo: significa no conformarse con la actualidad y querer mejorar. El problema es cuando el pesimismo te impide vivir tu día a día.

Incluso cuando pensamos que hemos tomado la decisión correcta, seguramente hemos sobreestimado la habilidad de controlar nuestra vida según nuestras preferencias. Que son cambiantes. Porque somos multipotenciales.

4. Nos ocultamos detrás de las decisiones tomadas. 

Y les damos la culpa a las decisiones. Son como los lunes: todo el mundo los odia. Cuando el problema está en que no nos gusta el estilo de vida que llevamos, si no, no culparíamos el día en el que empieza la rutina aparente. Por otro lado, tratar de tomar nuevas decisiones para eliminar las previas, es como reciclar la basura. Reciclar es sólo la etapa final que deberíamos cambiar, y es por la que empezamos.

Si fabricáramos menos plástico, no haría falta reciclar. Con las decisiones, podemos reaccionar cómo nos van a influenciar. Hará dos años ya que una amiga me prestó este libro por mi cumpleaños. Y explicaba que, aunque estemos en una cárcel, podemos construir un universo de infinitas posibilidades.

Nos damos cuenta de que quizás tomar decisiones no es lo crítico. Lo crítico es acostumbrarse. Porque, tomemos la que tomemos, seguiremos cuestionándonos lo que hacemos. Y siempre cuesta adaptarse a una nueva situación. La clave está en encontrar cómo podemos adaptar nuestra forma de ser ante un nuevo entorno.

 

¿Qué podemos hacer para tomar decisiones?

Para no estancarse, ni en la vida personal ni la profesional, debemos permanecer en un mar de constante movimiento. Esa marea placentera sólo se consigue cuando tomamos decisiones de forma fluida.

Olvídate de la perfección. Muchas de las veces que procrastinamos, es por miedo. Porque tememos exponernos a ser vulnerables. O bien porque descubrimos que todo lo que hacemos, no nos sale perfecto. Y eso quiebra nuestra idea de perfección. No podemos evitar eternamente la toma de la decisión.

Infórmate. Si tienes wifi no tienes excusa. En Mr. Google lo encuentras todo incluso si se lo pides de forma educada.

Confía más en tu intuición. No te estanques por la falta de información: todos tenemos intuición y podemos utilizarla. Muchas veces el inconsciente nos da información que ignoramos o que hemos aprendido a ignorar.

Con estas técnicas, adquieres práctica. Y con práctica adquieres una forma de fluir que quita el esfuerzo de decidir sobre el futuro. Si ves las decisiones como una oportunidad, serás feliz con las fáciles decisiones que tomarás.

Buscar las respuestas en el pasado no compensa. El arrepentimiento no cambia nada, nos ancla en el pasado. Lo mejor es cuando nos damos cuenta de que podemos seguir tomando decisiones. Y que admitimos que, quizás, no estamos cómodos con lo que tenemos. Pero que tenemos fuerzas para escribir el desenlace de nuestras propias historias. 

No podemos anticiparnos. Acertaremos de lleno que no nos gustará si no nos planteamos las decisiones como una oportunidad. De lo contrario, estamos evitando disfrutar de lo tenemos entre manos. Tendremos días altos y bajos. Nos arrepentiremos más o menos. Pero de lo que más nos arrepentiremos–al menos a mí me ha pasado–es de no haber disfrutado antes lo que tenía entre manos. Y no tomo fotografías de lo que he hecho en el momento adecuado. Quizás es demasiado tarde.