Cómo saber si eres perfeccionista

Cómo saber si eres perfeccionista

Hace meses le comenté a alguien por primera vez que estaba sacando adelante una colección de historias para publicar como mi primer libro de ficción.

– Es mejor que tu primera obra sea buena, y estés segura de que ello. No publiques cualquier cosa – me respondió.

– Lo sé. Pero quiero publicar un libro al año.

Aquí habla mi versión, más que perfeccionista, obsesiva por la escritura.

– Pero no pienses en publicar con frecuencia. Piensa en publicar algo bueno. – insistió.

Y eso me dejó pensando. Porque tiene razón. Pero yo también: tengo un motivo por el que pienso así. Pienso que si caigo en la trampa de ser demasiado perfeccionista, dejaré de escribir. Entraré en una burbuja de no-producción por tener la percepción de no estar “obligada” a publicar. Entonces, escribiré menos. Por eso empecé a escribir el blog: para entrenar el músculo de la escritura.

Y en la medida que el blog ha ido creciendo, también he escrito más en mi libreta u ordenador, pero para mí. Ficción.

Hay épocas en las que tachamos pocas tareas de la lista de cosas por hacer. Y puede ser por dos motivos: por procrastinar o por ser perfeccionistas. No me considero perfeccionista. Si lo fuera, no publicaría posts en este blog ni hubiera colgado los vídeos que (raramente) hago en Youtube. Pero últimamente, el hecho de publicar menos en el blog y en Twitter me hacen cuestionar algo: ¿Es porque con el nuevo trabajo no tengo tiempo? No, es broma. ¿Es porque me da pereza o porque me da miedo publicar algo que sea imperfecto?

Si me esperara a publicar algo que fuese “perfecto”, que no sé cuál es el criterio de algo perfecto: ¿el mío con mi obra? ¿El tuyo, con tu criterio? ¿El del editor? ¿El del público? sucederían, entre otros escenarios, los siguientes:

– No publicaría por miedo a que no fuera perfecto.

– No soportaría las críticas de los demás.

– Me volvería falsa: el hecho de no ser perfecta, y ver a los demás ser aparentemente perfectos, provocaría que dejara de escribir con mi estilo.

Pero la procrastinación también sucede cuando nos sobrecargamos de trabajo con tareas que son menos importantes o quizás no nos importan tanto. Por ejemplo, en lugar de escribir ficción, estoy procrastinando escribiendo este post.

Otro ejemplo, cuando estaba trabajando para mi tesis sobre marketing viral, en lugar de escribir un esquema de lo que tenía que hacer, empezaba a buscar por internet material necesario para justificar el esquema de mi investigación. Pero al primer vídeo viral que encontraba, las compuertas de distracción se abrían y ya no había marcha atrás: las horas corrían como cataratas mientras miraba contenido viral. Y la mañana siguiente, a volver a empezar.

Bueno. Ésta es sólo una forma con la que distraerse de la lista de cosas por hacer a diario. Por eso estás leyendo este post, por ejemplo, porque has salido de tu lista de prioridades. A no ser que entre tu lista esté: Leer el blog de Nur Costa. En ese caso te felicito e incluso tengo curiosidad ¿Cómo se te ocurre considerarlo una prioridad?

Descomponer un proyecto en pequeñas tareas manejables te ayuda a concentrar tu atención en elementos que puedes gestionar y finalizar. Por eso, me propongo escribir 30 minutos al día como mínimo, justo al levantarme, para empezar con mi prioridad y no procrastinarla, con otras actividades que sí, son importantes, pero no tiendo a posponer porque no me dan tanto miedo.

Porque escribir me da miedo. Nunca sé lo que puede salir.

Y muchas de las veces que procrastinamos, es por miedo. Porque tememos exponernos a ser vulnerables. O bien porque descubrimos que todo lo que hacemos, no nos sale perfecto. Y eso quebraría nuestra idea de perfección.

Por eso intento repetirme 2 cosas, cuando siento estas dudas: 1) Me siento peor cuando procrastino que cuando hago algo y resulta ser imperfecto. Porque prefiero ver la imperfección, que no ver ningún resultado final. 2) Las personas que más admiro y quiero, son aquellas que no tienen miedo a demostrar su vulnerabilidad.