El miedo a los hábitos y la autodisciplina

El miedo a los hábitos y la autodisciplina

Cuando intentamos cambiar nuestros hábitos, un ejercicio interesante es poner atención a las justificaciones o argumentos que invocamos. Éstos, pueden interferir en el mantenimiento o el abandono de un hábito.

Como por ejemplo, las siguientes excusas, con las que te sentirás identificado:

1. “Bueno, ya que he pecado, y he roto mi costumbre, voy a pecar a fondo”.

Tropiezas. Y ya que lo has hecho, dejas que tu cuerpo se caiga. Porque ya has sufrido este pequeño empujón de inestabilidad y te dejas arrastrar por la gravedad.

Por ejemplo, empezar a comer un trozo de tarta en una fiesta. El pastel está buenísimo. Qué diablos: alargas la mano y coges otro trozo. Y otro. Porque, igualmente, sólo es un día que estás comiendo pastel. Y debes aprovechar la oportunidad gratuita.

2. “Tengo demasiado trabajo por hacer ahora. No puedo dedicarme a este proyecto personal”.

El trabajo parece esa excusa fácil, una zona de confort, que impide que hagamos otras cosas.

Ya sea escribir un post para tu blog, crear algo que tienes muchas ganas de hacer o empezar a hacer deporte o estar a dieta.

Como tengo trabajo por hacer, empezaré mañana con la dieta.

¿Qué piensas? ¿te has encontrado alguna vez siguiendo tu propio trabajo en horas libres porque el coste de cambiar de actividad resulta demasiado grande?

Quizá eres como yo. Y prefieres no hacer nada por la suerte de estar trabajando.  Suerte. ¿Es una suerte?

3. “Soy bueno manteniendo mis hábitos. Por lo que esta vez, puedo permitir saltármelo”.

Tienes implementado en tu día un buen hábito que parece inquebrantable. Llevas haciéndolo desde hace tiempo y estás seguro de que lo mantendrás a largo plazo con facilidad.

Pero especialmente hoy, hay una excepción que te impide ser fiel a tu hábito. Ya sea porque es tu cumpleaños, porque estás cansado o porque estás fuera de tu casa/país y hay que adaptarse a la cultura.

Algunas veces, los buenos hábitos de larga duración pueden ser los más frágiles de quebrantar. Los más fáciles con los que bajar la guardia. Dependiendo del tipo de persona que eres, bajarte de ese barco (o tren) supondrá la pérdida irremisible de este hábito.

Por ejemplo, si llevas dos años sin comer cereales, porque crees que es malo para tu dieta pero un día desayunas fuera de casa y los cereales son la única opción posible. Por un día que coma, no pasa nada.

 

Pero la cuestión es saber si lo que realmente necesitamos es cambiar de hábitos o tener mejor disciplina.

La autodisciplina cuesta esfuerzo. Y la energía se agota. Por lo que no siempre realizamos los hábitos aprendidos por el simple hecho de la pereza. Pero no podemos culparnos: hay veces que no podemos exigirnos más. Y está bien. Porque un día en off lo puede tener cualquiera.

Yo, por ejemplo, tengo muy poca autodisciplina en tema de deportes. Me encanta practicarlos, pero debo tener una figura externa que me diga lo que tengo que hacer. Si no, no puedo mantener una rutina de ejercicio a largo plazo. Claro, puedo practicar yoga en mi casa un par de días. Puedo salir a correr algún día. Pero no cada día.

No tengo la suficiente autodisciplina para sacrificar tiempo a dedicarme al deporte a diario. Y me gustaría. Por eso debo pagar una profesora de yoga cada vez que quiero practicarlo. Por eso debo pagar una cuota de gimnasio si quiero hacer Spinning.

La importancia está en no caer en este precipicio de no-hacer-nada. Porque entonces sería el fin de tu propio hábito.

Tengo miedo a mi hábito de escribir. O bien la ausencia del hábito de escribir. ¿En qué me estoy especializando yo estos últimos meses? Encuentro muy cómoda la longitud de un post a la hora de escribir: unas 600-900 palabras por post.

Me preocupa acostumbrarme y terminar los capítulos de un libro justo en el momento en el que se pone más interesante. En empezar a mostrar mis heridas y en ese preciso instante escribir el punto y final.