El coste de oportunidad: el arte de abandonar

El coste de oportunidad: el arte de abandonar

Renunciar a algo puede parecer algo doloroso.

Queremos hacerlo todo, llegar a todo, e incluso así no llegamos nunca a cubrir todo con nuestro escaso tiempo.

Priorizamos y quizás, luego, nos damos cuenta de que tomamos una mala elección. Porque dejamos de lado algo que nos habría hecho mucha ilusión presenciar. O algo en que nos habría gustado poder contribuir.

No tener opciones limitadas nos hace ser más vagos. ¿Cómo?

Por ejemplo, en el libro Predictably Irrational, el autor expone que, como consumidores, cuantas más opciones de compra tenemos, menos compramos. Es decir, hay menos probabilidad de llevarse unos cereales a casa.

Imagínate esto: llegas al supermercado de tu pueblo y ves que hay 3 marcas de cereales. Special K, All Bran y Nestlé. Escoges los Special K porque se acerca el verano y estás en operación bikini. Además el rojo es tu color favorito.

Bien. Ahora entras en un supermercado de Estados Unidos. Y tienes delante unas 26 marcas para escoger. Un pasillo entero sólo para cereales. Y no sólo las 26 marcas… además tienes 4 o 5 variantes de sabores por cada marca. Esto hacen máximo 130 variedades de cajas de cereales. Seguro que pasas de todo y te llevas una barra de pan cortada, para desayunar tostadas. Menos que pensar.

Pues esta es la tendencia que tenemos al actuar como consumidores. Puedes leer más sobre el tema en este libro The Paradox of Choice: Why More Is Less, si te interesa.

Y en la vida real, como “no consumidores” (es decir, viviendo nuestra vida más allá de observar el lineal del súper) hacemos exactamente lo mismo.

La libertad existe en la limitación. Nos sentimos libres de escoger el Special K, cuando hay menos opciones.

Y esto no sólo lo aprendí en un libro. También lo dijo Ravi, en mi primer retiro de yoga. Dame unos límites con los que jugar, y podré ser libre. Pero entre esos límites.

Por este motivo creamos rutinas. Nos hacen sentir bien, nos muestran fuerza de voluntad. Podemos superar obstáculos, porque aunque no me apetezca hacer esto, lo voy a hacer. Lo he hecho todos los días. Tengo que repetirlo. Y así continuamente.

Escoger es doloroso.

El coste de oportunidad también se refiere a la imagen que construimos de nosotros mismos. Nuestra imagen, reputación… con quien nos asociamos y con quien nos llevamos bien.

En la generación de los millennials aquellos entre 18-32 años vemos las relaciones interpersonales como algo informal, que no tiene demasiado propósito o “misterio” más allá de pasarlo bien y compartir buenos ratos con los demás.

Sin embargo, generaciones más mayores, como por ejemplo, mis padres, ven las relaciones interpersonales como una oportunidad para “abrirte camino” o para “manchar tu reputación”. Y para mi es un gran shock oír decirles esto… del mismo modo que para ellos el shock es que yo les diga que se equivocan completamente.

Por ejemplo, cuando yo expongo ante ellos las ventajas de ser blogger o mi iniciativa por hablar de cualquier detalle de mi vida online, para ellos es una decisión que quizá me abre algunas puertas, pero me cierra muchas otras. Y algunos pensarán que dependiendo de lo que diga en público y lo que opine, es mejor que no lo haga. Porque puede perjudicarme a mí y a cualquier oportunidad de trabajo que tenga en un futuro.

Mientras, yo pienso que cuando más natural, sincera y transparente me muestre en una plataforma que yo misma he creado, mucho mejor. Es más, no gano nada por guardarme los aspectos imperfectos de mi vida. Porque si me lo callara todo, parecería que tengo una vida perfecta. Cuando en realidad, no es así.

Mi día a día, lejos de ser perfecto, está lleno de dudas, decisiones, temores, perezas… y la actitud que tenga ante estas situaciones, la intención que yo adopte en cada pequeño “hoyo” en mi camino, está en mis manos para poder decidir si voy a saltarlo bien o no. Y aquí es cuando entra en juego el coste de oportunidad. Porque por el simple hecho de tener el tiempo limitado… esta unidad de medida universal que controla nuestras vidas y nuestro organismo, se deben tomar decisiones.

Y entonces es cuando me acuerdo de unas palabras de un profesor que tuve en Global Marketing, Thomas Yang: “En los negocios, no hay una estrategia buena o mala. No hay nada verdadero o falso. Todo es posible, con muchos matices de grises. Consiste en escoger esa estrategia / decisión que va acorde con tus valores, tu identidad.”

Lejos de ser un problema matemático, una ecuación con una sola solución X como ésta, dispone de mucho espacio para cometer errores.

Simplificar es doloroso.

Y escoger, también.

Intencionadamente reducimos nuestras opciones con lo que se nos da mejor hacer, o lo que nos gusta hacer.

Lombard dijo esta frase “Quitters never win and winners never quit”. En español: los que abandonan nunca ganan, y los ganadores no abandonan nunca.

Estoy totalmente en desacuerdo. Los ganadores saben CUÁNDO abandonar algo. Y los perdedores deciden seguir contra voluntad, por miedo a abandonar.

La clave está en saber cuándo abandonar algo en el momento oportuno. Y en abandonar aquello que no se nos da bien. Aquello por lo que no nos vamos a ganar la vida haciendo. Hay que tener coraje para decir que “no”. Y hacerlo adecuadamente, es lo que diferencia a un mediocre que hace de todo, de un crack que hace una tarea específica. De un crack, se le reconoce por ser único, el número uno en su especialidad.

Por eso, lo que nos enseñaron en la escuela de que “hay que ser bueno en todo” es una gran falacia. No se puede ser así.

Lo que quiero decir con este post, es que está bien abandonar. Está bien dejar de lado algo que no te gusta hacer. Tienes toda una vida para tomar decisiones. Y para rechazar aquellas que no tengan que formar parte de tu especialidad. Porque aceptarlas y seguir con ellas, por miedo a rechazarlas, sólo te hará relanzar tu plan para ser el “crack” de tu especialidad… y simplemente serás mediocre.

Haz algo excepcional para llegar a ser el crack que mereces ser. Y esto te llevará a renunciar cosas. No tengas miedo en hacerlo, siempre y cuando renuncies a aquello por lo que no eres bueno o no te hace feliz, y trabajes duro con aquello que sí quieres hacer.