Sobre el misterio de todo y de nada

Sobre el misterio de todo y de nada

He leído recientemente algunos artículos sobre los Millennials. A estas horas ya sabréis que he hablado más de un par de veces sobre ellos, y que en cierto modo tengo una pequeña obsesión con los comportamientos humanos. Y me fascina que puedan llegar a generalizarse de algún modo… Como el estudio de las generaciones. Y precisamente, de los Millennials.

Hay gente que cree en el horóscopo, en el Myers Briggs test, en el Eneagrama, la geometría, en los números primos o la serie de Fibonacci, incluso en el Tarot. Por no hablar de las matemáticas y los crucigramas. Este es otro TED talk genial.

Yo no sé si creo en alguna de las anteriores. Pero tengo curiosidad por saber de qué hablan. Tengo curiosidad por leer sobre “mi” en cada una de estas ciencias. En efecto, el Horóscopo no deja de ser una ciencia. Leyendo mi “carta astral” hace un par de semanas en una página web (introduciendo sólo día, hora, lugar y fecha de nacimiento) me acogió una gran turbación. Me describía perfectamente. Relataba con detalle mis puntos fuertes y débiles, mis relaciones con los demás y conmigo misma.

Me asusté.

Y cerré el portátil.

Yo no creo en esas cosas. O al menos no creía. Pero esto me ha abierto los ojos en un sentido: siempre y cuando sigamos con curiosidad y una visión crítica, aprenderemos del contenido de cada uno de estos mensajes que se nos dan.

Hay gente que cree en los mensajes que recibe a diario. Estos mensajes pueden ser en forma de señales: una paloma que emprende el vuelo. Una moto que se libra de un trágico accidente por un nano-segundo. Encontrarte a un conocido de hace 20 años por la calle. Escuchar la conversación de alguien en el metro, y recordarte a ti mismo que deberías estar haciendo lo que dicen, etc.

Pueden ser simples casualidades. O pueden ser señales. Del universo, de la madre tierra o del dios Shiva.

Quién sabe. Pues yo sabré menos.

Llega a ser fascinador esta misteriosa supremacía que nos envuelve.

Empecé con la idea de escribir un post totalmente distinto a este, pero me sentía con ganas de hablar de esto: del misterio de todo. Y de lo fascinante que es estudiarlo. Aprender. De lo fascinante del comportamiento humano: que a la vez puede ser tan distinto y único como homogéneo.

En marketing, cuando estudias la clusterización -el ejercicio de agrupar a un conjunto de personas, por intereses y gustos similares- el objetivo radica en juntar aquellos grupos de personas que sean homogéneos entre ellos y totalmente heterogéneos entre los otros grupos de personas.

Pues eso: del mismo modo me fascina el Tarot como el grupo de consumidores del Starbucks, los que son los “fast-pacers”. Porque Starbucks tiene 2 consumidores principales: los clientes a los que les gusta sentarse, tomarse su café con un buen libro o el diario para leer, o trabajar a través de su Mac de última generación o tablet. Y por otro lado, están los fast-pacers, que sólo quieren el Chai Latte o Frappucino para pasearse por la calle con el vaso. Quieren pagar rápido e irse rápido.

Pues qué cosas.

Como decía, quería escribir sobre los millennials y sobre su incapacidad de administrar su dinero (por la falta de tarjetas de crédito en este segmento de la población) pero parece que mi consciente quería escribir sobre otras cosas.

Y debo aceptar lo que quiero expresar. Debo dejar fluir aquello que se interpone en mi mente. Porque de lo contrario os estaría engañando. Estaría escribiendo sobre algo que no quería escribir.

Pues eso, que supongo que el post de los Millennials vendrá más tarde, cuando tenga ganas de escribirlo.

Qué fuerte, espero no empezar a convertirme en una especie de diva a lo “my blog, my rules”. Pero honestamente, si no pudiera crear mi pequeño mundo en esta web, ¿dónde lo haría?

En fin, que no sé si creo en las señales. Pero esta mañana en el metro había una chica joven, incluso demasiado, con sus dos hijos en un cochecito. La acompañaba una turista alemana con necesidad de saber unas direcciones. Era una agradable mujer de unos 60 años. Pelo blanco, hombros hundidos por el peso de los años, pero humilde y con confianza.

La chica, catalana (se le notaba el acento), estaba indicando a la mujer alemana cómo ir hacia La Sagrada Família.

Du sollst in Provença halten. Weil du hier Umladung wirst machen können, um in La Sagrada Familia gehen. Du musst herunterkommen, gegen die Treppen des Grunds gehen (nicht die ersten, dass du dich befindest, weil sie
dich zwingen, um aus dem Bahnhof auszugehen) und einmechanisches Band zu kreuzen, bis du am Rande anderer Linie kommst, die dich La Sagrada Familia bringt.

Un rollo similar le empezó a soltar a la alemana. Me quedé impresionada porque pude entender toda la conversación.

Me explico: en la Universidad hice Alemán 2 años, 6 horas a la semana. Mi nivel era muy bueno. Pero 2013 fue como mi año sabático (prácticas en Amsterdam e Intercambio en San Diego). Y en 2014 me he graduado, pero no hice el último curso de Alemán. Porque quería dedicar mis tardes a hacer Yoga y a poner en marcha este blog. Y porque me daba palo.

Así que me satisface poder entender, leer y escuchar el Alemán. Pero soy un cero a la izquierda para hablarlo. He perdido mucha fluidez.

Y la conversación de estas dos mujeres en el metro, mientras iba camino al Teatre Grec de Barcelona para hacer una taller de posturas invertidas de Yoga, me ha hecho ver que debo continuar nutriendo mi Alemán.

Y esta ha sido mi primera y más importante señal del día. Me ha marcado tanto que no he podido escribir sobre los millennials hasta que lo he sacado: debo retomar mi alemán.