Tres días con mis cosas favoritas: leer, yoga y gente que nutre

Tres días con mis cosas favoritas: leer, yoga y gente que nutre

El poder que tiene la lectura sobre mí es aterrador.

Leí hace tiempo en un artículo, que los lectores, cuando disfrutan de la lectura, entran en una aparente fase hipnotizadora y leen más despacio, porque se han introducido del todo en la historia, y eso les ha provocado en sus mentes tal placer, que para obtener mayor placer, leen inconscientemente más despacio.

También leí en otro artículo que los lectores asiduos son más felices y alegres. Por alguna razón, la lectura les hacía más sensibles y empáticos, desarrollando una mayor inteligencia emocional, y eso, les hacía más felices. En fin, en el fondo, todo queda en artículos, suposiciones e hipótesis.

El tema es que, mientras espero en el aeropuerto de Barcelona a que salga mi vuelo hacia Ibiza, estoy leyendo El Secreto de Donna Tartt. Estaba gozando tanto de la lectura, que quería estar en la misma habitación que los estudiantes, los protagonistas. Me moría de ganas de hacer lo que ellos estaban haciendo. Que por sorpresa, eran fumar y beber. Y eso me resulta extraño. No quiero parecer puritana –de hecho, me da igual lo que parezca– pero aborrezco ambas cosas.

Y si bebo alcohol, siempre es cerveza. No hay nada que me guste más o que pueda beber y que lleve alcohol. Una Moritz Epidor o una Guinness. Bien frías. Y lo demás son tonterías.

Pues me parece intensamente extraño, para mí, desear encender un cigarrillo mientras Henry lo hace. O beberme un sofisticado cóctel con Bunny. La escritora, en cierto modo, ha hecho que yo forme parte de la historia y quiera fumar. Que tenga la necesidad de dar una calada.

Pues vamos bien, pensé. Sólo hace falta que tenga “mono” de tabaco justo antes de subir al avión. Y para colmo, ¿Cómo se puede tener “mono” sin haber sufrido una abstinencia de un hábito integrado en ti mismo? En mi caso, el hábito de fumar lo dejé perdido en algún lugar de la adolescencia.

Pero pensándolo bien, no es la primera vez que me pasa. Cuando entro completamente en una historia, en la novela, quiero llevar hábitos similares a la de los personajes. Quiero vivir el día a día que llevan, mientras leo sobre ellos. Si el protagonista se bebe como 11 tazas de café en un día (cosa irreal pero que curiosamente, la mayoría de protagonistas de novelas policíacas o contemporáneas, se pasan el día sin comer y metiéndose litros de café), yo termino con un mono de café que uno no puede ni imaginar.

Cuando leí Kafka en la Orilla de Haruki Murakami, quería ser como Kafka Tamura. Vivir en una biblioteca, levantarme temprano y hacer una tabla de ejercicios (flexiones, abdominales…) como si nada.

Con Nada de Carmen Laforet, quería estudiar filología con la protagonista. Sacar unas notas similares a ella y acompañarla por las calles grises y tristes de la Barcelona de los años 20.

Lo cual hace cuestionarme, que leemos para escapar de la realidad. O leemos para no sentirnos solos, y ver que somos comprendidos por gente distinta a nosotros. Sentir la existencia de alguien más, en nuestra vida, en nuestra mente. El calor de que alguien más nos acompaña en este camino. Somos humanos con las mismas preocupaciones, miedos e inseguridades.

Por lo que refugiarse en la fantasía parece un lugar seguro y acogedor para contar las historias que más temor nos hace desenterrar de nuestra alma… porque enseguida podrían juzgarnos.

Leyendo, podemos sentir el calor de alguien más que nos acompaña. De alguien que también tenga la tortura de querer expresar sus emociones, y contarlo a través de una historia, como si de un fósil se tratara, y hubiera que desenterrarlo con cuidado. Ese fósil, es una parte de tu interior. Muy escondida, y que al escribirla, automáticamente te expones. Y quizás sientes que al estar expuesto, estás desarmándote delante de los demás. Y te hace sentir más débil.

Yo quiero comunicarte que, con esto, estás haciendo todo lo contrario. Estás, en cierto modo, dejando tus prejuicios a un lado y con toda la honestidad del mundo, estás ofreciendo tu sabiduría, tu fuerza, a todos los seres de la tierra. A gente desconocida, pero que sufren en silencio por las mismas cosas que sufres tú. Y que quizás alguna mañana se han levantado preguntándose cuál es su verdadero propósito en la vida, y si vale la pena levantarse. Porque tienen temores. Y el temor es consecuencia sólo de incertidumbre.

Trata de transformar este temor en ilusión, oportunidad y poder sobre esta incertidumbre. Abraza esta incerteza, porque se trata de un camino por empezar. Una tabula rasa en la reescribir de nuevo. Y adivina qué: ahora es tu turno, para llevar tu proyecto a la realidad.

 

Desenlace de la historia…

Al llegar a la isla de Ibiza, todavía perduran mis ganas de fumar un cigarrillo con Henry. ¡Hay que ver! Incluso tras el asesinato que se acaba de cometer en el libro.

La Nave Ibiza es un lugar decadente y hermoso. Es totalmente humilde y sencillo. Vamos, que en vez de paredes hay cortinas. Y en el baño hay pintada una sirena en la pared, para que nos acompañe mientras nos duchamos. Pero tiene un aire encantador. O quizás es por las personas que habitaban La Nave, lo que hacía que la casa tuviera una energía acogedora.

Me levanté el primer día a las 7.30 porque me cuesta dormir en lugares públicos. No me refiero en medio de una plaza. Pero si cuando no se trata de mi cama. Entonces me quedé un rato meditando hasta que salió un poco el sol y salí al “patio” a leer y escribir. Me encontré con una mujer que también estaba en el grupo. Nos saludamos, y cada una continuó escribiendo por su cuenta. Que por cierto, también ella es blogger.

En cuanto crucé mis piernas al sentarme, tuve mi primer recuerdo de fuera de la isla. Para entrar, la noche anterior nos quitamos los zapatos (o mas bien las chanclas, el único calzado que llevé) para ir descalzos por la casa. Es lo que hacía todo el mundo, vaya. En cuanto vi que las plantas de mis pies estaban completamente negras, pensé que si mi madre las viera, moriría de un infarto. Pero no antes de recitarme una larga lista de efectos secundarios por mantener los pies así descalzos y sucios a lo largo del día. Vamos, que me moriría en 24 horas.