52 tazas de café, un proyecto vía Internet

52 tazas de café, un proyecto vía Internet

Siempre me encanta leer noticias de jóvenes emprendedores y de los proyectos que se traen entre manos. Me sorprende cómo, nosotros mismos, imponemos la edad como elemento principal y diferenciador de nuestra educación. Y que la edad suponga una potente herramienta de frustración hacia el determinante éxito.

Por ejemplo, escribí sobre Maya Penn, propietaria de su empresa desde los 8 años. Impresionante. O el tweet que hice hace ya un par de semanas de la chica americana que creó su Start-up antes de entrar a la Universidad, Yellowberry, a partir de una idea facilitada por su hermana adolescente.

Todas las habilidades desarrolladas por estas chicas con sus experiencias, con toda seguridad tienen una mayor aportación a su vida que los años que han (o habrían) invertido en la escuela.

Con 8 años nunca hubiera pensado en crear mi propio negocio. Bueno, quizá hubiera tenido un par de ideas alocadas. Como por ejemplo, vender pulseras de abalorios a los vecinos del edificio de mi pueblo. Mi hermana y yo nos dedicábamos a realizar complicadas pulseras e incluso cocodrilos-llavero, que eran lo más de entonces. Ahora puedes encontrar los tutoriales en Youtube y todo el mundo puede aprender a hacerlos. Pero antes, eras una fuente única de conocimiento y de respeto entre todos tus vecinos.

Pero lo peor de todo, es que me veía menos capaz de crear mi propio negocio a los 15 que a los 8 años. Algo tendrá que ver con la mentalidad del miedo al fracaso. La mentalidad de hacer lo justo y necesario de lo que te piden, en un momento determinado. A no ir más allá, por miedo a quedar mal.

Ahora me ha venido a la cabeza un comentario que me hizo el profesor de Ciencias Sociales de 2º de ESO. Un día, una amiga y yo, quedamos a hablar con él porque no habíamos entregado el mapa en Geografía a tiempo y se lo íbamos a entregar en ese momento.

Se me daba fatal dibujar los mapas. Nos daban nombres de montañas, ríos, ciudades, pueblos, agujeros, árboles… Y luego en casa debíamos dibujar el mapa y poner los correspondientes nombres en su lugar. Con la ayuda de enciclopedias. Y si no tenías, te pasabas la tarde en la biblioteca buscando los nombres. Hubiera deseado tener Google Maps en ese momento. Odiaba dibujar esos mapas. Me ensuciaba las manos y luego ensuciaba el papel. Me quedaba una porquería de trabajo y siempre decía “perdón, es que soy zurda”.

En fin, esa mañana, le entregamos nuestros mapas y antes de que pudiera disculparme por mi torpeza natural, nuestro profesor, nos enseñó un mapa de un estudiante de 1º de ESO que era perfecto. Era una superposición de mapas (con los ríos, montañas, ciudades, pueblos, nubes y todo lo demás) en hojas transparentes.

Pero lo innovador era que el dibujo estaba impreso a través del ordenador y los nombres eran a mano. Nos lo acercó más a la vista y luego nos dijo: “¿Veis esto? Esto es lo que quiero. Me juego el almuerzo de hoy a que ha pedido a su padre que lo ayude o que se lo ha copiado de algún sitio. Pero me da igual que lo haya hecho. Porque ha entendido la idea. Ha entendido lo que quiero: un trabajo hecho con excelencia y creatividad.”

En ese momento me enfadé por dos cosas. La primera: ese chico era un año menor que nosotras. Por lo tanto, él debía ser menos inteligente ¡No podía ser!

La segunda, el profesor ya nos lo hubiera podido pedir antes de ese modo. Entonces yo también lo hubiera hecho así. Qué desfachatez para echárnoslo en cara ahora, pensé.

Pero no nos pidió eso. En ningún momento nos dijo “dejad volar vuestra imaginación”. Y esto no es culpa del Profesor A (llamémosle así). Yo me equivoqué tres pueblos al enfadarme por esos dos motivos. Lo reconozco. Pero tienen su origen en el contexto en el que estaba. En el contexto del sistema escolar. De la presión que nos ponían a todos los alumnos con entregas hechas con poquísimo tiempo. Con reglas marcadas y patrones detallados que no podías saltarte.

Por eso me fascina el proyecto de Megan Gebhart. 52 cups of coffee. Se trata de invitar durante todo un año a alguien para ir a tomar café y charlar. Todo empezó en Julio de 2010, concertando cada semana una entrevista con alguien interesante y después de ese fructífero encuentro aromatizado por un buen café, lo escribía en su blog. Este proyecto le permite crecer como persona, intercambiando opiniones, ideas y consejos con gente increíble. Por ejemplo, fue a tomar café con el conocido best-selling author Seth Godin, que fue su café número 38.

Sin duda, conocer 52 personas nuevas en tu vida, durante un año, es algo que debe impactar muy positivamente y provocar una gran influencia. Y sin duda es otra forma de hacer networking. Me estoy planteando en hacer una sección similar en el blog, como parte del proyecto de emprendimiento y autoconocimiento del blog.

Además, invitar a café es una de las mejores maneras de socializar y conectar con alguien. Cuando digo café, puede ser cualquier otro tipo de líquido (té, agua, Coca-Cola, etc). ¿Te animas a formar parte de este proyecto, y crear el tuyo propio?